Nada más salir del avión, nos esperaba una
furgoneta negra, con los cristales negros. El coche oficial de Biebs. Dentro
iban Justin, Scooter, Alfredo y Moshe.
Sabía lo ocupado que debería de estar Justin, y aún así había venido a por mi.
Qué dulce es. Qué swag
everywhere. Scooter
se acercó a saludarnos, en inglés, por supuesto. A partir de aquí todo
tendríamos que hablarlo en inglés. OMG. Gracias por nuestro colegio Bilingüe
Dios. Es un tío legal. Con una confianza abrasadora. Justin se acercó a
saludarme. A mí la primera. Seguramente nadie lo notó, pero yo sí.
Iba guapísimo:
Me dio un
abrazo y beso en la frente y profirió a saludar con un simple abrazo y apretón
de manos a las demás. Nos subimos todos al coche que conducía Scooter. Nos
preguntaron sobre el viaje y sobre los últimos días en España. Justin mostró
interés en todo, aunque seguramente no le importaba lo más mínimo. En mitad del
recorrido que hicimos hasta llegar a su casa, un edificio de tres plantas
enorme y con cientos de habitaciones, sacó el móvil y twitteó. Lo que
seguramente no se esperaba fue que dos minutos después de que hubiese twitteado
me llegase a mí una notificación al móvil avisándome de que había twitteado.
Sí, una situación extraña. Después de ver el tweet que había puesto
“Reuniéndome con las 4 bailarinas del tour. Os gustarán. Gracias por todo,
#MisBeliebers.” Desactivé las notificaciones, a partir de ahí no me harían
falta porque estaría al lado de Justin.
Llegamos a su casa. Viviríamos allí las 4, la
madre de Vir, Justin, Pattie y Fredo hasta que nos fuésemos de gira. Estaríamos
casi todo el tiempo en unos estudios que había al final de la calle, ensayando,
pero comeríamos y dormiríamos en la preciosa casa de Justin. Estaba muriéndome
por dentro. Cuando llegamos era la hora de comer así que Scooter se despidió y
Justin después de dirigirnos al salón de su casa, se fue para llamar a que nos
trajeran pizzas. En el salón nos esperaba Pattie, feliz, con esa sonrisa preciosa
que Justin había heredado. Fue simpática y cortés con nosotros, a la vez que
afectuosa. Amo a esta mujer. El salón era enorme. Casi como mi casa entera. Una
pared estaba cubierta por una televisión gigante. Había dos sofás más grandes
que la cama de matrimonio de mis padres y una mesa blanca y preciosa que
mediría por lo menos un metro. Nos sentamos todas en un sofá, y Fredo y Pattie
en otro. A pesar de eso, aún sobraba espacio en el nuestro. Justin llegó y se
sentó al lado de mí. Empezamos a charlas hasta que llegó la comida, aunque yo
estaba presente solo físicamente. Por dentro estaba gritando, hiperventilando y
corriendo en círculos a 1000 km por hora.Ya me acostumbraría a esa sensación de
calor que me aportaba Justin. Fredo se levantó para ir a pagarle al chico que
nos trajo las 6 pizzas que había pedido Justin. Nos íbamos a inflar de comer.
Nos sentamos todos, y tras medio bendecir la mesa, empezamos a comer. Justin es
así. Agradece a Dios todo lo que tiene. Y yo también agradezco a Dios la existencia
de este niño.
Tras la comida, Justin nos guió a nuestras
habitaciones. Cada una tendría una habitación. O sea, que la casa de Justin
tenía al menos 8 dormitorios medianamente grandes. El mío estaba entre el de
Vero y el de Mel. Justo enfrente del suyo. Las paredes de todos los dormitorios
eran moradas, al igual que las sábanas. Mi cuarto era precioso. Tenía una
ventana por la que entraba muchísima luz, y en la pared había colgados tres
discos de vinilo de Michael Jackson. El resto de la tarde lo cubrimos ordenando
nuestras habitaciones y sacando las cosas de la maleta. Apenas me dio tiempo a
salir a ojear la casa. Cuando ya se ocultaba el sol de la tarde, Justin entró
en mi habitación previamente tocando.
Justin: Hola Mire, apenas te he visto desde
la hora de comer. – vaciló antes de mirarme de arriba a bajo- estás muy guapa,
por cierto. –Sí, me había cambiado de ropa, ya que llevaba casi dos días con la
otra puesta y estaba arrugada del viaje. Me había puesto esto :
Yo: Sí, es verdad... acabo de terminar de
ordenar las cosas. Ahora iba a buscarte, pero no quería molestarte. –susurré-
Justin: Aw, tú nunca molestas, Mire –sonreí
con él. Me cogió de la mano – Ven, ¿quieres ver mi habitación? – asentí y me
llevó.-
Su habitación era como todas las demás, pero
un poco más grande. Había un póster de Beyoncé, sí, de ella. LOL. No supe si
reír o reprocharme a mí misma. Debí imaginármelo. También había un pósters que
ponía “Beliebers are f*cking perfect” y morí de amor al verlo. Y al lado, un
póster de Michael Jackson y una foto con la carátula de su primer disco, My
World 1.0. Precioso. Todo era precioso.
Me enseñó el resto de la casa. Las demás aún
no habían salido de sus habitaciones. En la primera planta se encontraban el
salón, con una entrada al patio que rodeaba la casa y tenía una piscina enorme,
una biblioteca pequeñita y acogedora, una cocina muy grande con todos los
cacharros para cocinar habidos y por haber, y un cuarto de baño que duplicaba o
triplicaba al de mi casa. En la segunda planta se encontraban los dormitorios,
que comprobé que eran 10, por tanto aún había sin ocupar. Antes de seguir la
visita me explicó que solía invitar a sus amigos y, que cuando invitaba a su
familia de Startford tenían que dormir ahí, por eso tantas habitaciones. En esa
planta no había nada más, si no contamos el baño individual que había en cada
habitación. Subimos a la tercera planta. Un ático. Las escaleras que llegaban a
él daban mala espina, pero una vez arriba era precioso. El ático consistía en
una planta entera amueblada con un sofá aparentemente muy cómodo, unos pufs de
colores, una televisión con una XBOX conectada y al fondo, máquinas de deporte.
Por lo demás, estaba vacío. Lo que resultaba acogedor y asombroso al mismo
tiempo. Era luminoso, porque la luz entraba por una ventana al fondo, sin
embargo, entraba sin deslumbrar debido a una cortina morada (cómo no) que nos
protegía de la luz directa.
Una vez acabada la visita, bajamos cogidos de
la mano hasta el salón, donde ya estaban los demás. Nada más entrar por la
puerta me soltó la mano rápidamente, y me echó una mirada de disculpa que
acepté con una sonrisa. No podía reprocharle nada. Nadie pareció darse cuenta
de nuestra llegada. Pero sabía que las chicas me preguntarían de todo más tarde.
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